Domingo lluvioso, el cuarto sin luz, la puerta abierta, las colchas blancas y suaves, una gran ventana que permite observar todo lo que pasa a fuera. La noche se acerca, los cohes no dejan de marchar y las luces de toda la ciudad reflejan sin cesar. Lo único que se antoja es meterse a la cama, ver la película perfecta y las palomitas listas para empezar.
La familia en casa, los niños dormidos y el perro no deja de ladrar. Los truenos aumentan, la ciudad se atormenta y todo comienza a relampagear.
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